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El diecinueve de octubre de 2008 era mi decimoséptimo cumpleaños.
Ese mediodía mis padres me regalaron un tiovivo, mi hermano me llevo con su motocicleta a ver un partido de baloncesto. Como ganó el equipo de mi ciudad les fui a dar la enhorabuena y ellos me dieron las gracias.
El teléfono de mi hermano, sonó de repente, con una melodía de un saltamontes, resulta que eran mis padres.
Cuando llegué a casa mis padres me prepararon un plato con coliflor y queso y de postres me hicieron un pastel decorado con unos paraguas con girasoles.
Ese fue mi cumpleaños.
Fuente: http://www.emoticonos3d.com/
Tenía una entrevista de trabajo a las 12 horas. Así que me presenté en la empresa 45 minutos antes con mi currículum. En recepción un señor muy cejijunto que estaba conversando con una señora muy guapa, me preguntó con quién tenía la entrevista mientras recibía un telefax. Me dijo que el señor Rabicorto aun no había llegado, me indicó que tomara asiento y esperara. Mientras lo hacía observaba todos los elementos que tenia sobre su escritorio: un abrecartas, un sacapuntas, portalápices, pisapapeles y a un costado, una enorme fotocopiadora, con un mapamundi encima. 
Pasaba el tiempo y no me atendían, más de media hora esperando! Así que me distraje contando las persona que pasaban, donde me llamaron la atención unas señoras que iban muy arregladas, eso parecía un desfile de modelos.

Después  entraron dos personajes tragicómicos, vestidos de manera extraña, y que por el idioma parecían extranjeros… hice un esfuerzo sobrehumano para no reírme.
Hacía más de 1 hora que esperaba, estaba cansado de esperar, estaba sudando, tenían la calefacción muy fuerte, eso parecía una sauna.

Al final llegó el Sr. Rabicorto, en un coche que parecía un portaaviones y con unos guardaespaldas….; uno de ellos era pelirrojo con el pelo puntiagudo, y el señor de la recepción me indicó que ya podía entrar.
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Anteayer fuimos de vacaciones a Alta-fulla. Salimos de la ciudad con el automóvil. En la autovía nos encontramos tráfico y retenciones, por lo que cogí unos pasatiempos que contenían difíciles trabalenguas. De golpe una motocicleta choco contra el parachoques del coche. 
Llegamos a mediodía, tarde, con un malhumor terrible. Entonces nos fuimos a una playa cualquiera, y en el momento en el que pusimos el parasol empezó a llover. Compramos un paraguas en una tienda cercana y nos fuimos al coche con la desilusión de no poder entrar en el mar. 
Después de todo lo ocurrido, llamamos por teléfono al hotel para informarles de que hoy mismo volvíamos a casa. Y, cuando dejábamos atrás esa ciudad, salió el sol.




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Y por fin llegó el día tan esperado. Después de tantas noches en vela, tantos días contando las horas que faltaban... Por fin, había llegado el día en el que cogería el avión que me cambiaría la vida.

Yo, como siempre, salí de mi casa cuatro horas antes de que el vuelo partiera, ya que para llegar des de mi casa, tenía una hora de coche. Empezó a llover y tuve que abrir el parabrisas. Eran las seis de la mañana cuando llegué, y en ese justo momento aparcaba mi coche, sacaba las maletas y me dirigía a la entrada del aeropuerto. 

Al entrar, me fui andando a la cafetería y me pedí una bebida refrescante. Cuando la camarera volvió, me abrió mi bebida con un abrebotellas y se fue. Y allí estaba yo, boquiabierto, admirado por lo guapa que era la camarera. Me levanté, pagué y me fui al baño. 

En acercarme al lavamanos, el agua salió del grifo. Me refresqué y me dirigí a la zona de facturación donde me despedí de mis maletas hasta llegar.

A través de un cristal, a lo lejos, vi a una empleada pelirroja, que se dirigía al micrófono. Y en pocos segundos, se oyó a través de los altavoces, como llamaba a los pasajeros del vuelo en el que yo iba, que se dirigieran a la puerta de embarque.

Aunque yo ya no podía andar más por esos inmensos pasillos que parecía que nunca ibas a llegar al final, me dirigí a la puerta de embarque. Y al pasar al lado de una cafetería, me acordé de la chica tan guapa, además, vi en una televisión un partido de baloncesto del equipo de mi ciudad, y de tanto recordar cuando me quise dar cuenta ya estaba volando en medio de la nada. 
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Me desperté a las 7, con malhumor, evidentemente. Debería estar prohibido obligar a cualquier ser humano a despertarse tan temprano el día de su cumpleaños. 
Lo primero que divisé al  bajar al comedor fue el pelo pelirrojo chillón de mi tía, a continuación empezaron las felicitaciones, los besos, y las dichosas fotografías. Con la mejor sonrisa que podía poner en esas horas de la mañana cogí el abrecartas y me dispuse a abrir todas los sobres que yacían sobre la mesa, por cierto, ¿ no podría algún sabelotodo haber inventado un abrefácil  para las cartas?

A medida que pasó el tiempo dejé de estar cabizbajo y me propuse disfrutar de mi día, y más aún cuando vi el vídeojuego que tanto deseaba finalmente en mis manos.

Todo parecía ir notablemente bien hasta que abrí la puerta y vi que llovía; algo me decía que pasaría mi aniversario junto a mi apreciado paraguas.
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El quitamanchas eliminó la mancha de mi jersey, pero fue una larga y aburrida espera. Inventé un trabalenguas y maniobré en busca de mi calcetín verdinegro, eso sí muy tranquilamente.

Si no llega a ser porque mi hermana es una cantamañanas, el calcetín lo hubiera encontrado rápidamente, pero me lo escondió en un miniarmario y cuando lo encontré a medianoche me dio la enhorabuena.

A estas horas del mediodía yo ya he recuperado mi calcetín verdinegro, y felizmente descanso sabiendo que lo he recuperado.
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El otro día fui a casa de mi tía para celebrar su cumpleaños. Ella vive en un rascacielos, cerca de la consulta del sacamuelas. Hicimos una gran fiesta, con tentempiés, bebida, adornos, regalos y matasuegras. Uno de los regalos fue un medallón dorado y azul, muy grande y pesado. En mi opinión, además de como joya, lo podría haber utilizado como espantapájaros, como pisapapeles o quizás como cascanueces. Cuando mi tía desenvolvió ese regalo, se quedó boquiabierta, ya que a ella le gustan mucho ese tipo de joyas. Y por fin llegó el pastel: un milhojas de nata con un montón de velas. Lo comimos al ritmo de un pasodoble que sonaba en un viejo tocadiscos.
Anteayer, a medianoche, estaba acabando un rompecabezas con el cascarrabias de mi hermano cuando me llegó un mensaje de la caradura de mi amiga. Cogí el teléfono y abrí facebook. Se estaba quejando otra vez de la pelirroja de su hermana que según ella era una sabelotodo. Estaba malhumorada así que pasé de responderle y me puse a comer pipas de girasol mientras estudiaba un trabalenguas de castellano.